Aun así, y por mucho que fuera la paz el reclamo utilizado para invitar a los cubanos de dentro y de fuera a la reconciliación, la parte más dura del exilio ha sido muy crítica con el colombiano, tachando la propuesta de regalo para la dictadura de los hermanos Castro. El régimen abre la mano al autorizar un intrascendente concierto de rock y echa así humo sobre sus verdaderas intenciones inmovilistas. El argumento no es nuevo. Cuando Franco permitió iniciativas similares, éstas fueron criticadas por la endeble carga política que contenían, y porque propiciaban una imagen de libertad que no existía.
Lo que el domingo se escuchó en la plaza de la Revolución fue, sin embargo, muy diferente de lo que se había escuchado allí tantas veces. Hubo música, y alguna idea general (cambiar el odio por el amor), y no los largos discursos de Fidel sobre las bondades del socialismo. El concierto de Juanes permitió que, en ese lugar de resonancias míticas para la revolución, se produjera un encuentro multitudinario en torno a un asunto menor: bailar, cantar, dar botes. Pero tras la pausa musical, los cubanos siguen teniendo pendiente el desafío del futuro. Que no llegará mientras la dictadura siga controlando todos los resortes del poder, encerrada en el viejo discurso dogmático e incapaz de establecer puentes con la oposición y el exilio. Es el régimen el que tiene que dar el primer paso para que se diluyan las profundas brechas simbólicas que existen entre los cubanos de ambas orillas y puedan emerger los distintos proyectos de sociedad. Hasta ese momento, lo de Juanes sólo ha sido un concierto.